Energy Star: tres décadas de eficiencia energética al borde de la extinción

Fundado en 1992 por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), el programa Energy Star ha sido un referente mundial en eficiencia energética. Con presencia en millones de productos, hogares y edificios, su posible desaparición bajo la administración Trump ha desatado un intenso debate sobre el futuro de las políticas de ahorro energético.

Desde su creación, Energy Star ha sido sinónimo de eficiencia, ahorro y compromiso medioambiental. Nacido bajo la administración republicana de George H. W. Bush, este programa voluntario ha ayudado a consumidores, empresas y gobiernos a identificar productos que reducen el consumo energético sin sacrificar rendimiento. Tres décadas después, con más de 75 categorías de productos certificables y miles de millones de dólares ahorrados, su continuidad se ve amenazada.

Un sello reconocido a nivel global

La icónica etiqueta azul de Energy Star es reconocida por más del 90 % de los hogares estadounidenses. Desde ordenadores y electrodomésticos hasta edificios enteros, Energy Star garantiza que un producto cumple con los exigentes estándares de eficiencia establecidos por la EPA. Estos requisitos varían según la categoría y evolucionan con el tiempo: los ordenadores, por ejemplo, han pasado por versiones de especificación desde la 4.0 en 2007 hasta la 8.0 vigente desde 2020.

El programa no solo se limita a Estados Unidos. Ha tenido acuerdos con Canadá, Japón y Suiza, y aunque la colaboración con la Unión Europea expiró en 2018, su influencia persiste a nivel internacional.

Impacto económico y ambiental

Las cifras de impacto de Energy Star son contundentes:

  • Más de 5 billones de kWh de electricidad ahorrados.
  • Más de 500.000 millones de dólares en ahorro energético acumulado.
  • Cerca de 4.000 millones de toneladas métricas de emisiones de gases de efecto invernadero evitadas.
  • Ahorro medio anual de 350 dólares por hogar que adopta productos certificados.

Además, ha incentivado la creación de empleo en sectores asociados a la eficiencia energética. Según el informe de empleo energético de EE. UU. de 2016, cerca de 290.000 trabajadores estaban vinculados directamente a la fabricación de productos certificados Energy Star.

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Ámbitos de aplicación

El programa se ha expandido más allá de los productos domésticos:

  • Electrodomésticos: lavadoras, frigoríficos, secadoras, lavavajillas, deshumidificadores, etc.
  • Electrónica: televisores, cargadores, equipos de oficina, etc.
  • Iluminación: bombillas LED y fluorescentes de alta eficiencia.
  • Climatización: aires acondicionados, calderas, bombas de calor y aislamiento térmico.
  • Edificación: casas, apartamentos y edificios comerciales con estándares superiores de aislamiento, ventilación y sistemas HVAC.
  • Industria: plantas de automoción, cementeras, procesamiento de alimentos, refinerías, etc.

También destaca el uso de la herramienta Portfolio Manager, un sistema de benchmarking energético que evalúa el rendimiento de edificios e instalaciones industriales.

Control y certificación: de la autodeclaración al testeo independiente

Aunque en sus inicios el programa permitía cierta autodeclaración de eficiencia por parte de los fabricantes, tras una investigación de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO) en 2010 que evidenció vulnerabilidades en el sistema, se impuso el control por terceros. Desde 2011, todos los productos deben ser probados por laboratorios y organismos acreditados por la EPA antes de obtener la etiqueta.

Hoy en día existen más de 250 laboratorios independientes reconocidos para verificar el cumplimiento de los estándares, con una tasa de conformidad cercana al 95 %.

El desafío de 2025: ¿fin del programa?

En mayo de 2025, varias filtraciones desde la EPA confirmaron que el gobierno de Donald Trump planea eliminar el programa Energy Star como parte de una reestructuración interna que también afectaría a otras divisiones de control medioambiental. La decisión ha generado críticas desde el Congreso, tanto entre demócratas como republicanos, así como por parte de asociaciones de consumidores, ecologistas y fabricantes.

Según sus detractores, el coste operativo del programa (unos 32 millones de dólares anuales) es irrisorio frente a los 40.000 millones de dólares de ahorro que genera cada año para los ciudadanos.

La senadora republicana Susan Collins declaró estar “perpleja” ante la decisión, recordando que “los consumidores dependen de esta etiqueta para tomar decisiones informadas”. La organización Alliance to Save Energy también calificó la eliminación del programa como una “contradicción directa con los objetivos de reducir el gasto energético familiar”.

Más allá del logo: ¿qué perderíamos?

La desaparición de Energy Star no solo afectaría la visibilidad de productos eficientes, sino que complicaría el acceso a incentivos fiscales y reembolsos estatales y federales vinculados a esta certificación. También debilitaría los estándares técnicos sobre los que se sustentan programas de vivienda eficiente, construcción sostenible y compras públicas responsables.

Además, eliminar el benchmarking energético dificultaría a empresas y gestores de edificios monitorizar el rendimiento de sus instalaciones, reduciendo la competitividad y la sostenibilidad del parque inmobiliario estadounidense.

Conclusión: ¿una decisión sin retorno?

Energy Star ha sido, durante más de tres décadas, un ejemplo exitoso de política pública voluntaria con beneficios claros para todos los actores involucrados: consumidores, fabricantes, gobierno y medio ambiente. Su potencial eliminación no solo representaría un retroceso regulatorio, sino un golpe simbólico a la cultura de la eficiencia energética.

A día de hoy, el futuro del programa sigue en el aire. Pero si desaparece, no lo hará sin dejar una marca imborrable en la historia de la sostenibilidad moderna.

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