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La idea de que el software camina hacia la comoditización —cada vez más barato, más accesible y, en muchos casos, casi “gratuito” de producir— se está abriendo paso como una de las grandes narrativas del sector tecnológico. No es una discusión nueva, pero sí ha ganado velocidad con la expansión de herramientas de asistencia al desarrollo basadas en Inteligencia Artificial, capaces de generar código, tests, documentación y prototipos en tiempos que hace pocos años parecían poco realistas.
En esa conversación emergen dos posiciones que, aunque comparten diagnóstico, difieren en la conclusión. Por un lado, quienes sostienen que el abaratamiento del desarrollo empuja a una realidad incómoda: si una persona se limita a “picar código”, su trabajo tenderá a valer menos, porque la barrera de entrada para crear aplicaciones caerá y muchos clientes potenciales podrán construirse sus propias soluciones. Por otro, quienes matizan que el código puede abaratarse, sí, pero que suben de valor la arquitectura, la lógica de negocio, la integración con sistemas reales y la capacidad de traducir necesidades difusas en productos que funcionen, se mantengan y escalen.
El choque no es solo semántico. Es un debate sobre qué parte del trabajo digital seguirá siendo escasa cuando programar sea más fácil.
“El software será barato”: la tesis que agita el mercado
La postura más contundente afirma que desarrollar software va a ser progresivamente más barato o directamente gratuito. No porque desaparezca el trabajo, sino porque parte del valor que antes se pagaba por ingeniería se desplazará hacia herramientas y flujos automatizados. Si antes una empresa necesitaba un equipo para construir una aplicación interna, ahora podría hacerlo con menos personas y más apoyo automatizado. Si antes un emprendedor dependía de un proveedor para prototipar, ahora puede iterar sin intermediarios, al menos en la primera fase.
De esa lectura se desprende una advertencia: el “mero desarrollador” —entendido como alguien centrado únicamente en implementar especificaciones— podría perder poder de negociación. Y si programar se vuelve un commodity, los productos digitales también podrían seguir ese camino. Si cualquiera puede hacerse un cliente de correo a medida o una app de entrenamiento personalizada, el producto “en sí” podría perder valor como objeto diferenciado, con un mercado inundado de alternativas.
La pregunta que cierra esta visión es casi inevitable: si el software se abarata y el producto digital se multiplica, ¿qué mantiene su valor?
La respuesta, en esa tesis, se divide en dos pilares. El primero: la capacidad de llegar a los usuarios, es decir, los canales de distribución. Quien controle el acceso —hardware, sistemas operativos, plataformas con base instalada de usuarios, redes sociales, creadores de contenido, podcasts— conservará una ventaja difícil de replicar. El segundo: el storytelling y el posicionamiento de marca, necesarios para guiar a usuarios desbordados por la oferta, y para convertir una solución “más” en una elección.
El remate es provocador: para tener futuro habría que olvidarse de ser desarrollador y convertirse en narrador, en alguien capaz de contar historias, construir marca y conquistar atención.
“Olvidarse de ser dev” no es tan simple: el código se abarata, la arquitectura sube
La réplica no niega el fenómeno, pero sí discute el diagnóstico sobre el oficio. Su argumento central es que la Inteligencia Artificial puede ser una herramienta poderosa, pero no un arquitecto automático. Generar código no equivale a diseñar sistemas robustos. El valor no residiría en escribir líneas, sino en entender restricciones, riesgos, dependencias y objetivos de negocio: desde la seguridad y el rendimiento hasta el coste operativo y el cumplimiento normativo.
Desde ese punto de vista, la comoditización del código no mata la ingeniería, sino que la empuja hacia capas de mayor impacto:
- Arquitectura y diseño de sistemas: decidir cómo se estructura una solución para que sea mantenible, escalable y segura.
- Lógica de negocio: entender qué se quiere resolver, qué no se debe resolver y cómo medir que se resolvió.
- Integración y operación: conectar APIs, datos, identidad, observabilidad, despliegues, continuidad y costes.
- Calidad real: pruebas, fiabilidad, resiliencia, manejo de errores, deuda técnica y evolución del producto.
Aquí, el storytelling no desaparece: se considera imprescindible. Pero se interpreta como un multiplicador, no como sustituto. Un ingeniero con habilidades de comunicación, empatía, criterio y visión de producto se vuelve más valioso, no menos. La diferencia no está en abandonar el “ser dev”, sino en dejar de reducirlo a “implementar tickets”.
Lo que probablemente ocurrirá: menos valor por “teclear”, más valor por decidir
Ambas posturas describen una misma transición con lentes distintas. En un mercado donde la producción de software se vuelve más rápida y barata, el valor tiende a moverse hacia lo que sigue siendo escaso: la distribución, la confianza y el criterio.
La distribución importa porque en un entorno saturado, crear no garantiza que alguien use. La confianza importa porque, cuando existen mil alternativas, el usuario elige lo que entiende, lo que le recomiendan y lo que percibe como seguro. Y el criterio importa porque elegir mal una arquitectura, un modelo de datos o una dependencia puede costar meses y millones, aunque escribir el código sea fácil.
Eso no significa que la marca “gane” siempre a la ingeniería. Significa que el mercado premiará perfiles y empresas que combinen ambas cosas: construir con rapidez sin sacrificar fundamentos, y comunicar con claridad sin vender humo.
La comoditización del software, en ese sentido, no elimina el valor: lo redistribuye. Reduce el precio de la ejecución mecánica y sube el precio de la decisión correcta. Y en esa redistribución, el storytelling se convierte en un puente: el que conecta tecnología con adopción, y producto con significado.
Preguntas frecuentes
¿La Inteligencia Artificial va a sustituir a los desarrolladores de software en España?
Más que una sustitución total, el escenario más probable es una transformación del trabajo: menos tiempo escribiendo código repetitivo y más foco en arquitectura, integración, seguridad, calidad y comprensión de negocio.
¿Qué habilidades mantendrán el valor cuando programar sea cada vez más barato?
La capacidad de diseñar sistemas, traducir necesidades en producto, asegurar fiabilidad y seguridad, y comunicar decisiones técnicas a perfiles no técnicos. También la construcción de marca y la distribución.
¿Por qué se dice que la distribución será más valiosa que el producto digital?
Porque, cuando hay demasiadas alternativas parecidas, lo diferencial suele ser llegar al usuario (canales, ecosistemas, plataformas) y sostener su confianza (marca, reputación, comunidad).
¿Tiene sentido “dejar de ser dev” para centrarse solo en storytelling?
Como regla general, no. El storytelling puede multiplicar el impacto, pero sin fundamentos técnicos el producto se rompe o no escala. Lo que sí cambia es que la comunicación y la visión de producto pasan a ser habilidades críticas también para perfiles de ingeniería.










